Se enumeran a continuación las dimensiones de la personalidad infantil presentes en el juego:
La emotividad o capacidad de emocionarse: sentir emociones, sentimientos y afectos, está en la base del comportamiento de los seres humanos. Esta faceta se ha pretendido ocultar, el origen de las pasiones que conviene reprimir.
El ocultar la emoción o los sentimientos no los hace desaparecer; al contrario, cuando se reconocen como origen de los comportamientos humanos, se pueden analizar, diferenciar y autorregular. Hay que habituar a los niños y niñas expresar los sentimientos de forma natural y habituarlos desde un principio, sólo así más adelante estarán en condiciones de poder orientarlos y autorregularlos. El juego facilita la expresión de las emociones y la comprobación de su existencia e influencia en todas las acciones humanas.
El juego representa una experiencia de socialización importante porque en él se dan los conflictos
asociados a los grupos humanos y se aprenden las habilidades sociales para gestionarlos.
La experiencia de pertenencia a un grupo de iguales se da por primera vez en la escuela, donde se
establece una relación y un contexto comunicativo muy diferente al familiar, que favorece:
- Un conocimiento de los demás y de sí mismo en relación con los otros.
- Un conocimiento de las reglas morales que rigen los contextos
- Un conocimiento de los tipos de relaciones desde un punto de vista convencional
El conocimiento o la capacidad de conocer: la faceta cognitiva que se desarrolla y aplica tanto para el conocimiento de sí mismo, de los demás y del entorno. A menudo la capacidad cognitiva absorbe la atención educativa, porque ha sido la faceta más valorada del ser humano, ignorando que los afectos, el equilibrio emocional, y las características de la relación con los demás juegan un papel determinante.



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